lunes, 5 de enero de 2015

Vacas, cerdos, guerras y brujas - Capítulo 2

Porcofilia y porcofobia

Todas las personas conocen ejemplos de hábitos alimenticios
aparentemente irracionales. A los chinos les gusta la carne de perro, pero
desdeñan la leche de vaca; a nosotros nos gusta la leche de vaca, pero nos
negamos a comer la carne de perro; algunas tribus de Brasil se deleitan con
las hormigas pero menosprecian la carne de venado. Y así sucesivamente en
todo el mundo.
El enigma del cerdo me parece una buena continuación del de la madre
vaca. Nos obliga a tener que explicar por qué algunos pueblos aborrecen el
mismo animal al que otros aman.
La mitad del enigma que concierne a la porcofobia es bien conocida para
judíos, musulmanes y cristianos. El dios de los antiguos hebreos hizo todo lo
posible (una vez en el Libro del Génesis y otra en el Levítico) para denunciar
al cerdo como ser impuro, como bestia que contamina a quien lo prueba o
toca. Unos 1.500 años más tarde, Alá dijo a su profeta Mahoma que el status
del cerdo tenía que ser el mismo para los seguidores del Islam. El cerdo sigue
siendo una abominación para millones de judíos y cientos de millones de
musulmanes, pese al hecho de que puede transformar granos y tubérculos en proteínas y grasas de alta calidad de una manera más eficiente que otros

animales.

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